La crónica pandémica de Santiago de Chile, recolectada camino al dentista y de vuelta

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Mi dentista será la primera persona ajena a la cual me acercaré en 65 días. Tuve suerte de pasar el último control de los frenillos a unos días de autoaislarme, pero igual en un asunto tan delicado como mover los dientes milímetro por milímetro, una pausa de diez semanas es demasiado.

Me acerco al ascensor cruzando el vestíbulo frío y vacío del edificio comercial en una prestigiosa comuna de Santiago conocida entre la gente como Sanhattan. El guardia solitario está hablando por teléfono con una máscarilla puesta y ni siquiera se da vuelta en mi dirección. Aprieto el botón y luego el 9 con el codo y me asombro con qué facilidad todavía me ha resultado adaptarme a esta nueva realidad. Los botones son grandes, la mascarilla no molesta, la respiración adentro me abriga y no me da ninguna gana de sacármela. Que no me tope con nadie al salir no más.

No me cruzo con nadie. En un pequeño pasillo entre los tres ascensores y las dos puertas de vidrio en sus extremos hay solo una mesita con dos tipos de alcohol gel, un alto pendón roller con requisitos de seguridad, una alfombrita y un recipiente con una tela de microfibra adentro. Tratando de determinar la secuencia de mis siguientes acciones, hago un par de fotos y me desinfecto las manos con gel. ¿Qué sigue?

Balanceando entre el estupor y la curiosidad, no me di cuenta cómo había aparecido una persona en blanco detrás del vidrio. Boris abre la puerta, pero lo reconozco solo por la voz. Se ríe y dice que esta crisálida suya no es todo.

Un dentista en equipos de protección saluda en la entrada a la clínica durante la cuarentena

Siguiendo sus instrucciones primero piso la alfombrita, luego la microfibra en el repiciente. Parada allí me pongo uno por uno los cubrecalzado, dándome cuenta de que los frutos del maratón cuarentenal de yoga, como los tobillos fortalecidos y el equilibrio mejorado, me permiten hacerlo con una elegancia antes inalcanzable. Ya con la mascarilla puesta, meto el pelo debajo de una gorra médica provista, me pongo unos lentes de bici transparentes que traje conmigo y con este aspecto entro a la clínica.

La recepción que siempre está algo abarrotada, ahora está prediciblemente desierta. Detrás del mostrador de la secretaria tampoco hay nadie. Solo están los nuevos avisos  —  “mantén la distancia social”, “no te saques la mascarilla”, “por favor no te sientes aquí”. Boris se va por el pasillo y vuelve con un vasito de papel con un fuerte líquido verdoso con el cual por primera vez en todas me debo enjuagar la boca antes de empezar.

Cuando entro al pabellón, ya me es imposible reconocer de cerca a mi ortodoncista  —  lleva puesto un overol desechable, unos guantes, un protector facial, unos lentes y una mascarilla bien pegada con cinta adhesiva a la nariz. Boris saca y abre un voluminoso paquete con los instrumentos esterilizados, llamando mi atención al fuerte compromiso con la seguridad del doctor y del paciente. Después me pide que me siente en el sillón y que me ponga “las manitos como Drácula” para no tocar nada alrededor. Me divierte esta explicación y él se ríe de que es la mejor que se le ha occurido. Lamentablemente lo estamos pasando bien solo los dos, porque Javiera, la permanente asistente de Boris, ya no trabaja en la clínica.

Un dentista en todos los equipos de protección se pone los guantes antes de empezar la cita durante la cuarentena

El tratamiento dura solo media hora y pasa casi rutinariamente. Boris está contento porque el movimiento de los dientes no se haya descontrolado, y porque mis paletas de arriba y de abajo se chocan cada vez menos. A mí me fascina su trabajo rápido, hábil y delicado incluso con las herramientas más pequeñas en la condición del trabajo a solas y con los lentes constantemente empañados. Hay que tener una paciencia angelical para poder atar un alambre del grosor de un pelo entre los frenillos y después trenzarlo en olas, acercando varios dientes entre sí.

Boris dice que los primeros días le costó trabajar así, pero después se acostumbró. Lo más desafiante ahora tiene que ver con la piel de las manos, porque el jabón, el alcohol gel y los guantes interminables le provocan una fuerte irritación que él se esfuerza para ignorar. Buscando palabras de apoyo le respondo que ahora todos los médicos se convirtieron en “la primera línea” en vez de los que tiraban piedras a los carabineros en el fervor del estallido social hace solo medio año. Mis vecinos opinan lo mismo, o no hubieran renombrado su wifi a “Los médicos son héroes”. Nos sonreímos de manera invisible aunque perceptible para el otro.

En el pasillo se escucha ligeramente una melodia enérgica que lucha contra el silencio resonante tal como la luz lucha contra la sombra. Pregunto por si estamos solos en la clínica, pero no, en el pabellón más distante otro doctor asiste a otro paciente. Nadie más. Cuatro personas en el medio piso.

— Cuáles elásticos?

— Negros, como siempre.

— Perdón, se me olvidó.

Está bien, Boris, efectivamente no nos vimos en mucho tiempo. Precisamente dos meses que pusieron casi todo en este mundo patas arriba.

Cuatro fotos de la clínica durante la cuarentena: un pouf con la petición de no sentarse, herramientas dentales, limpieza de zapatos, un dentista se va por el pasillo

Hay cambios en todo. La cita siguiente no será en dos semanas como antes, sino que en un mes, porque Boris termina la semana y vuelve a encuarentenarse por 14 días. Todos en la clínica trabajan en turnos, medio mes por medio mes. Agendan no dos, sino un paciente por hora. Hasta los pagos se realizan no en la recepción, sino por transferencia desde la casa. Nada de efectivo ni de tarjetas plásticas ni del “perro muerto”, como en Chile llaman el acto de desvanecerse sin pagar. La nueva realidad nos enseña a todos a confiar más.

Ya en la salida Boris vuelve a abrirme la puerta y nos despedimos “codito al codito”. Llevo bastante tiempo en Chile como para casi físicamente no poder irme sin un abrazo o un beso desviado de la mejilla. Por lo menos así, con los codos. Nos pedimos cuidarnos y él se aleja rápidamente por el pasillo. Todavía le falta desinfectar todo el pabellón para el siguiente paciente que también va a pretender ser Drácula.


Otra vez llamo el ascensor con el método del codo, viajo al primer piso, camino por el mismo vacío con eco del vestíbulo. Los avisos de la farmacia en la esquina reflejan como nunca la agenda mundial  —  “llegó mascarillas KN95”, “llegó alcohol gel”, “entrada solo tres (3) personas máximo”. Al otro lado de la entrada y como en otra realidad, un cartel publicita otras mascarillas, unas que “regeneran, hidratan, iluminan” con “flash effect”. Los dos farmacéuticos adentro del local están notoriamente aburridos.

Por la avenida, usualmente una de las más vibrantes y cosmopolitas de la capital chilena, pasan unos raros autos. En un Mazda de color azúl intenso, aunque bien polvoriento por la cuarentena, me espera Mauricio. Más lejos se ve una novedad contingente: un tunel sanitario. Según la idea, cualquiera podía pasar por él para desinfectarse en los chorros del espray químico, y aunque el proyecto lo consideraron fallido, los túneles todavía no los han desmontado.

En el camino conversamos sobre que un viaje así de usual ahora se siente como una operación especial. Después de un largo coqueteo con la cuarentena “dinámica”, Santiago casi en su totalidad se fue al lockdown. Esto significa que para salir tuve que pedir un salvoconducto en la página web de carabineros, pero antes obtener una cita desde la clínica, pero antes llenar un cuestionario sobre mi condición física, últimos contactos y el entendimiento de los riesgos en la situación de la epidemia. Ayuda que el permiso para la cita médica está vigente durante 12 horas y permite llevar a un acompañante. De otra manera tendría que cruzar la ciudad pedaleando, tan solo para no tomar el metro.

En el hemisferio norte mayo es el tiempo de la primavera, en cambio nosotros viajamos por Santiago en la frescura del otoño avanzado, con las hojas de colores cálidos de gouache, en una neblina envolvente. Se ha desvanecido un poco en la mañana, pero igual es un filtro perfecto para dar un leve toque de la melancolía pandémica a este Brave New World.

Una avenida vacía en el barrio alto de Santiago durante la cuarentena

El ritmo de la ciudad le corresponde y no parece un martes por la tarde, sino un domingo por la mañana. Pero si fuera un domingo cualquiera, ¿por qué todos están en mascarillas? Desechables o de tela, blancas o de colores. Las tendencias de la temporada todavía quedan sin definir. Aunque a la gente probablemente no le importa  —  en una manera muy poco común para los chilenos, muchos intencionalmente evaden el contacto visual, como si tuvieran vergüenza por participar en esta mascarada o el miedo de poder contagiarse a través de una mirada ajena.

Nuestra ciudad se convirtió en el dominio de los doglovers. Si ahora alguien hubiera organizado el censo callejero, entonces cinco de cada diez personas pasearían con sus perros, dos viajarían en auto, uno en bici, uno caminaría ocupado, uno vacilaría sin quehacer. Algunos de ellos fumarían con una mascarilla recogida. Unos pocos rebeldes ignorarían los afiches sobre su uso obligatorio. Se les opondrían los que caminan por la calle en ambas mascarilla y protector facial. No existiría ningún niño.

Habría trabajo para los fotógrafos. Ellos capturarían a una jovén estilosa vestida totalmente de color blanco (incluso su enorme abrigo de cachemira) con una costosa mascarilla profesional (claro que también blanco brillante) que, con el caminar de la heroína de “Sex and the City”, pasea a su Golden Retriever que calza cuatro zapatitos rojos. O a un hombre corpulento de edad avanzada cubriéndose con una simple gasa, vendiendo periódicos parado en la línea discontinua de una calle casi desierta. O a un hombre de unos 40 años con una mochila y en una mascarilla de tela que se persigna tres veces mientras camina apurado. Algunos católicos lo hacen al ver una iglesia, pero su mirada está vacía, su cuerpo tenso y no hay iglesias alrededor.


La calle vive en tres dimensiones al mismo tiempo. Del pasado son los carteles de las películas que se estrenaron, pero nunca alcanzaron tener el éxito de taquilla. Del futuro son los proyectos inmobiliarios en construcción que crecieron varios pisos a pesar de la cuarentena. Del presente son los buses vacíos que comunican “#siempreusamascarilla” y “#distancionamientosocialparatodos” en sus letreros electrónicos, en vez del número del trayecto y el deseo de un buen viaje.

Una vereda vacía en el barrio alto de Santiago durante la cuarentena

Aprovechar de pasar por la casa de los papás de Mauricio, pararnos los cuatro a distancia, nosotros al lado del auto y ellos donde la reja. Llevarnos unas cajas de la cuidadosamente armada “ayuda humanitaria” familiar. Conversar solo un poco porque esta dirección no está en nuestro salvoconducto y el pescado está descongelándose. Cómo te creció el pelo. Nosotros estamos bien, pintamos el comedor. Las hojas ya se cayeron casi todas. Dicen que mañana va a llover. Apúrense, nos vemos en un mes, después de la siguiente cita en la clínica.

Echo la última mirada desde lejos al rascacielos más alto de Latinoamérica. En casa nos tapa la vista hacia él un edificio al frente, por esto volver a verlo después de dos meses se siente igual que reencontrarse por casualidad con un viejo conocido. Aunque considerando la densa niebla invernal de nuestro valle, probablemente no lo veríamos muy a menudo incluso si tuviéramos una vista directa.

Ya muy cerca de la casa pasamos al lado de una fila al banco, numerosa y demasiado apretada. Mauricio se queja sobre que muchos miran las noticias, pero no concientizan que el escenario de Italia o España puede terminar siendo nuestro. No se cuidan a sí mismos, entonces no le cuidan a nadie. Mientras que la segunda ola, al igual que con la gripe española, puede ser mucho más seria.

Subimos al departamento. Nos encerramos y nos enclaustramos. Colgamos la ropa en la logia por un par de días, ordenamos los productos, nos sacamos las mascarillas y nos lavamos las manos. En la pantalla del teléfono por primera vez en 65 días el podómetro marcó 1006. ¡Pero qué paseo! Repetiremos en un mes. La cuenta atrás ya ha empezado.

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